Ella ordena su biblioteca y piensa en voz alta: "Nunca voy a tener todos los libros del mundo, nunca los voy a llegar a leer"
El se sonríe, después se ríe y la mira con ternura: "Hoy te dediqué unas canciones..."
Ella lo mira, vuelve los ojos a su montaña de libros sobre la mesa del comedor que también es living; lo mira de nuevo: "Más que unas canciones dedicame un escritorio, mirá lo que es mi vida..."
El estalla en una carcajada.
Se ríen, se ríen sin parar. Se ponen serios. Gritan. Se enojan. Se abrazan. Se pelean. Se miran. Se sonríen.Y se ríen sin parar...
11 de abril de 2013
Feliz
Sos feliz cuando sos tan feliz como el recuerdo más feliz de tu infancia.
¿Cuándo fuiste más feliz?
¿Cuándo fuiste más feliz?
19 de noviembre de 2012
Lo que queda de la ausencia
Una silla vacía en cada cena, de las seis que hay alrededor de la mesa.
Un cepillo de dientes, ahí en el vaso del baño.
Una taza. De esas que dicen "Acá sólo toma..." y se completa con tu nombre.
Un estuche de maquillajes.
Los maquillajes adentro del estuche.
Un pijama de rayas, de hombre.
Y todo el resto de tu ropa, de tu mujer, en el placard.
Tres collares con cuentas de madera.
Un par de aros de perlas grandes y blancas.
Dos pares de aros hechos con mostacillas. Hechos por alguna mano inexperta.
Pares de zapatos. Creo que son ocho.
Unos lentes de sol con marco rojo, bien grandes.
Tus libros. Todos. Menos tres.
Fotos.
Diapositivas de la playa, con tu cara sonriente y tu pelo al viento.
La toalla de colores que llevabas siempre a la playa.
Un perfume que te regaló papá.
Un pullover que te tejió mamá.
Un osito de peluche horrible que te regalé yo, que guardabas sólo por eso. Porque era horrible, y eso te hacía reír, y porque te lo regalé yo, y eso no lo olvidabas.
La cama deshecha.
Y todas las palabras que me dijiste.
Y todas las miradas cómplices durante la cena.
Y las confidencias.
Y todas las veces que nos tiramos de los pelos. Literalmente.
Y las risas.
Y las carcajadas.
Y las salidas juntas.
Y las salidas encubiertas una a la otra.
Y todas las charlas en el baño.
Y los fuertes abrazos que nos dimos.
Y cómo me pintabas los ojos con tanto esmero.
Y la manera en que me peinabas con paciencia.
Y la forma en que me mirabas sonriendo.
Y tus ojos. El brillo de tus ojos.
La presencia de tu ausencia.
Presencias inútiles y ausencias tangibles.
Los rastros, en lo cotidiano.
En el mundo cotidiano de los que eran con vos.
Rastros como formas del que no está.
De vos que no estás.
Pero sí tus vacíos, tus lugares vacíos, tus objetos huérfanos.
Lo que vivimos juntas, el tiempo que compartimos.
Esa es la presencia que intento retener.
Porque es la que me queda.
La que intento apretar fuerte para que no se escurra.
Para que no se esfume.
Para que siempre me acuerde. De tu cara, de tu pelo, de tu olor.
Para que no se me olvide.
Y para que por favor la memoria no me traicione.
24 de marzo de 2011
Un cepillo de dientes, ahí en el vaso del baño.
Una taza. De esas que dicen "Acá sólo toma..." y se completa con tu nombre.
Un estuche de maquillajes.
Los maquillajes adentro del estuche.
Un pijama de rayas, de hombre.
Y todo el resto de tu ropa, de tu mujer, en el placard.
Tres collares con cuentas de madera.
Un par de aros de perlas grandes y blancas.
Dos pares de aros hechos con mostacillas. Hechos por alguna mano inexperta.
Pares de zapatos. Creo que son ocho.
Unos lentes de sol con marco rojo, bien grandes.
Tus libros. Todos. Menos tres.
Fotos.
Diapositivas de la playa, con tu cara sonriente y tu pelo al viento.
La toalla de colores que llevabas siempre a la playa.
Un perfume que te regaló papá.
Un pullover que te tejió mamá.
Un osito de peluche horrible que te regalé yo, que guardabas sólo por eso. Porque era horrible, y eso te hacía reír, y porque te lo regalé yo, y eso no lo olvidabas.
La cama deshecha.
Y todas las palabras que me dijiste.
Y todas las miradas cómplices durante la cena.
Y las confidencias.
Y todas las veces que nos tiramos de los pelos. Literalmente.
Y las risas.
Y las carcajadas.
Y las salidas juntas.
Y las salidas encubiertas una a la otra.
Y todas las charlas en el baño.
Y los fuertes abrazos que nos dimos.
Y cómo me pintabas los ojos con tanto esmero.
Y la manera en que me peinabas con paciencia.
Y la forma en que me mirabas sonriendo.
Y tus ojos. El brillo de tus ojos.
La presencia de tu ausencia.
Presencias inútiles y ausencias tangibles.
Los rastros, en lo cotidiano.
En el mundo cotidiano de los que eran con vos.
Rastros como formas del que no está.
De vos que no estás.
Pero sí tus vacíos, tus lugares vacíos, tus objetos huérfanos.
Lo que vivimos juntas, el tiempo que compartimos.
Esa es la presencia que intento retener.
Porque es la que me queda.
La que intento apretar fuerte para que no se escurra.
Para que no se esfume.
Para que siempre me acuerde. De tu cara, de tu pelo, de tu olor.
Para que no se me olvide.
Y para que por favor la memoria no me traicione.
24 de marzo de 2011
Señorita efe
Se detiene a pensar cada noche
Con la luz apagada y la cabeza en la almohada
Cuando decide que el día terminó
Pero su cabeza parece que no
Qué miedo siente
Que siente desconfianza
Que sin querer lastimó
Que la lastimaron tanto
Que no lo quiere volver a sentir
Que muchas veces se ilusionó
Que otras tantas le mintieron
Que algunas apostó de más
Que otras no le importó
Que a veces, muchas, lloró
Que muchas de esas, hasta el cuerpo le dolió
Que era muy niña para ser tan grande
Que era muy grande para no crecer
Que hay heridas que no se borran
Que hay recuerdos que siempre vuelven
Que hay temores que sólo se esconden
Que igualmente eso nos hace ser
Que intenta a pesar de todo
Que juega a pesar de todo
Que se juega el alma
Que va a seguir creyendo
Que de confiar se trata
Que de sumergirse quiere vivir
Que de volar quiere soñar
Hacer valer las posibilidades
Hasta el final
Hacer valer las oportunidades
Caminando va construyendo
Que si no es intensamente... para qué?
Eloísa I
"Eloísa vuelve a su casa. Camina muy lento. Siente en todo su cuerpo, los dolores diminutos de formas extrañas que nadan frenéticamente. Dolores con nombres y rostros que ya conoce. Esta tarde hay uno nuevo. Uno más que ha aparecido. Anoche supo de su presencia. “Será el último, ya no tienen más espacio para seguir nadando sin aplastarse entre ellos”
Sigue caminando, sonámbula de día. Sabe que falta poco para llegar, pero su cuerpo la lleva por una calle desconocida ahora. Sabe que falta poco, pero no tiene fuerzas para indicarle el camino. Pasan por la puerta de la que reconocen como su casa, su cuerpo y ella. Los dos. Pero no se detienen.
Eloísa entiende que esa será la última vez que vea esa puerta. Entonces mete deliberadamente las manos en los bolsillos de su tapado rojo. Ahi no hay nada más que sus propias manos, sus dedos frotandose entre sí...
Dentro de su cuerpo, los dolores diminutos nadan cada vez más fuerte, incansables. Y el nuevo dolor, el último, ya ha tomado la misma velocidad que los más viejos. Pero su cuerpo insiste en seguir caminando lentamente.
Unas lágrimas, dos, tres, cuatro, escapan de los ojos de Eloísa.
Sabe que ya nada puede hacer. Su cuerpo ha decidido esta vez."
12/07/08
Después
Se
preguntaba qué había más allá
de esa elipse
de esa nada
de ese tiempo en suspenso
Si tal vez no hubiera después
Si el tiempo entonces era mentira
Lo que soñaba sería posible
también fuera de su cerebro
afuera, no adentro
afuera
Salió a caminar
a ver si la noche fresca
le despejaba la elipse
Pero ya había pasado tanto tiempo
que ya era tarde
Después era la única palabra que recordaba
de esa elipse
de esa nada
de ese tiempo en suspenso
Si tal vez no hubiera después
Si el tiempo entonces era mentira
Lo que soñaba sería posible
también fuera de su cerebro
afuera, no adentro
afuera
Salió a caminar
a ver si la noche fresca
le despejaba la elipse
Pero ya había pasado tanto tiempo
que ya era tarde
Después era la única palabra que recordaba
28/05/08
DeBiLiDaD
ese de mil piezas con la foto de unos barcos en el puerto
ese que le había consumido tres semanas de su vida
con todas sus horas, sus días, sus noches,
ese de las piezas diminutas
que se van uniendo sobre una mesita baja de vidrio.
De un solo golpe nevaron las piezas en la habitación.
Ahora el silencio.
Mira las piezas, indefensas, solitarias, tan pequeñas, tan graciosas sus formas en soledad.
Una copa de vino,
una bocanada de aire de luna desde el balcón,
un llanto exagerado, y el suspiro que le pone fin.
Entonces ya le vuelven las ganas de volver a armarlo,
una a una las mil piezas.
Hasta el próximo golpe,
hasta el próximo llanto.
15/05/08
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