Siempre admiré a Alberto Olmedo, desde muy chica. No entendía bien por qué, pero su manera de actuar, me resultaba muy atractiva, me cautivaba; esa desfachatez y falta de solemnidad para con la actuación, como siempre en burla pero a la vez muy en serio, creo que era lo que de chica me atraía. Esto fue mucho antes de estudiar teatro, cuando tenía 6 o 7 años, cuando todavía no sabía lo que era actuar, vivir de la actuación, tener una profesión, y bla bla bla. Porque veíamos mucho su programa en casa; gracias que me lo dejaban ver, gracias. El que más lo veía era mi papá, y yo me sentaba en el sillón con él, eso también me gustaba. Compartir con mi papá ese programa y verlo reír a carcajadas con cada sketch, reírme de los chistes y de la risa de mi papá . Escucharlo, y no entender muy bien, cuando me decía: "Mirá, la banda presidencial dice SUS AMIGOS, eso es el símbolo máximo de la corrupción. Este tipo es un genio. Es un visionario, un revolucionario", cada vez que venía ese número en donde Olmedo era el presidente (dictador) de Costa Pobre, un país "bananero" (lleno de bananas...) O cuando me explicaba por qué en lugar de responder con un "¡ya voy!" el mayordomo que interpretaba lo hacía diciendo "¡Savoy!", en esa escena extraordinaria de una mesa larguísima con Susana Romero sentada en una punta y el Facha Martel en la otra. Savoy era la marca de vinos que los auspiciaba, y de esa manera hacía un chivo. A mí eso de chica, me causaba una gracia infinita. Mucho después vendrían los primeros planos de bolsas de Carrefour en las ficciones de Suar, y también fue mucho después cuando finalmente entendí ese guiño, ese chiste, y me pareció de las mejores tonterías (y eso para mí es un halago inmenso)... porque además lo hacía mirando a cámara, riendo cómplice, cuando en ese momento yo no veía a nadie en la tele haciendo eso mientras actuaba.
Un día mi mejor amigahermana, Roxana, se había quedado a dormir en casa como tantas noches, y nos despertó mi mamá abriendo la puerta del cuarto con la noticia de que Olmedo se había muerto. "Se murió Olmedo. Se tiró de un balcón en Mar del Plata". Ocho años tenía yo. Mi mamá nunca fue muy cuidadosa con las formas en que me daba este tipo de noticias, y esta no era la excepción. Las imágenes que se sucedieron en mi cabeza de niña de ocho años fueron truculentas, ni falta hace que lo diga. El morbo aumentaba cada vez que íbamos a Mar del Plata, que era bastante seguido, porque vivíamos a cuarenta kilómetros nada más, y pasábamos por el Maral 39 con el auto o caminando mientras mi papá señalaba mostrándonos, a mi hermano y a mí: "Acá fue, ven, desde ese balcón". Las imágenes se ponían cada vez más precisas con tanto detalle. El lugar de los hechos estaba ahí frente a mis ojos, y a unos cuantos kilómetros de mi casa.
Fui creciendo, y en los últimos años del colegio secundario me puse a estudiar teatro. Después decidí ver dónde podía estudiarlo como una carrera y probé entrar al conservatorio. Entré. Ya tenía 19 años, y también estaba estudiando Medicina. Durante un año hice las dos carreras, hasta que decidí que no iba a poder pasar seis años, o más, llorando sobre los huesos y los libros de anatomía y biología porque no lograba memorizar las inserciones de los músculos y demás... cosa que nunca me había pasado antes, en mi vida de abanderada. Con el correr de los años, recuperé mi deseo inicial que me movía a querer ser médica, y todavía estoy en eso, viendo cómo le doy forma a este deseo de ayudar a sanar, y a sanarse. Y por esas paradojas de la vida, hace cinco años que doy clases de teatro... en la Facultad de Medicina.
Hace poco tiempo, empecé a entrenar teatro con Ricardo Bartís. En una de las primeras clases, Ricardo habló de Alberto Olmedo. Toda la técnica que él nos estaba haciendo transitar, la manera de entender la actuación, se podía encontrar en la forma que actuaba Olmedo en sus sketchs: la falta de solemnidad, pero no por eso de compromiso y de verosímil, estar en muchas cosas a la vez, los guiños, la opinión política, la crítica, el juego, el disfrute, el goce, el placer, el placer, el placer... Y en ese momento entendí por qué me resultaba tan atractivo ver su programa, sus personajes y sus actuaciones, y también me di cuenta que me había guardado secretamente esta admiración por este actor, porque ¿cómo iba a decir que admiraba a un cómico, casi un chanta, con una vida polémica? Si me preguntaban por un referente, era mucho más políticamente correcto responder por alguno de aquellos actores "célebres" pero que en realidad no le mueven ni una fibra a nadie. Qué tonta, pensé en ese momento. Estos son los actores que valen la pena. Claro que sí. Y además una nena de 6 años no se puede equivocar tanto.
A mí Olmedo me hacía reír, me hacía llorar, me daba ternura, me daba asco, me daba miedo, lograba emocionarme, en todo ese amplio sentido de la palabra. Me movía las emociones. Y aún hoy lo sigo viendo y lo sigue haciendo. Será por eso que los actores que logran hacerme reír, también logran hacerme llorar. Porque no le imprimen solemnidad a las emociones, no se es menos serio por hacer reír. Ese tipo de actores se burlan. La actuación es un juego, es un rito, es casi chamánica. Lo disfrutan y todos disfrutamos. Menos mal que existen, porque "si la vamo a hacer la vamo a hacer bien".
Este relato es mi pequeño homenaje, agradecimiento, a un actor, a un artista, que atravesó mi vida y mis recuerdos, y nunca lo va a saber.
14 de abril de 2013
11 de abril de 2013
Lo cotidiano se vuelve mágico
Ella ordena su biblioteca y piensa en voz alta: "Nunca voy a tener todos los libros del mundo, nunca los voy a llegar a leer"
El se sonríe, después se ríe y la mira con ternura: "Hoy te dediqué unas canciones..."
Ella lo mira, vuelve los ojos a su montaña de libros sobre la mesa del comedor que también es living; lo mira de nuevo: "Más que unas canciones dedicame un escritorio, mirá lo que es mi vida..."
El estalla en una carcajada.
Se ríen, se ríen sin parar. Se ponen serios. Gritan. Se enojan. Se abrazan. Se pelean. Se miran. Se sonríen.Y se ríen sin parar...
El se sonríe, después se ríe y la mira con ternura: "Hoy te dediqué unas canciones..."
Ella lo mira, vuelve los ojos a su montaña de libros sobre la mesa del comedor que también es living; lo mira de nuevo: "Más que unas canciones dedicame un escritorio, mirá lo que es mi vida..."
El estalla en una carcajada.
Se ríen, se ríen sin parar. Se ponen serios. Gritan. Se enojan. Se abrazan. Se pelean. Se miran. Se sonríen.Y se ríen sin parar...
Feliz
Sos feliz cuando sos tan feliz como el recuerdo más feliz de tu infancia.
¿Cuándo fuiste más feliz?
¿Cuándo fuiste más feliz?
19 de noviembre de 2012
Lo que queda de la ausencia
Una silla vacía en cada cena, de las seis que hay alrededor de la mesa.
Un cepillo de dientes, ahí en el vaso del baño.
Una taza. De esas que dicen "Acá sólo toma..." y se completa con tu nombre.
Un estuche de maquillajes.
Los maquillajes adentro del estuche.
Un pijama de rayas, de hombre.
Y todo el resto de tu ropa, de tu mujer, en el placard.
Tres collares con cuentas de madera.
Un par de aros de perlas grandes y blancas.
Dos pares de aros hechos con mostacillas. Hechos por alguna mano inexperta.
Pares de zapatos. Creo que son ocho.
Unos lentes de sol con marco rojo, bien grandes.
Tus libros. Todos. Menos tres.
Fotos.
Diapositivas de la playa, con tu cara sonriente y tu pelo al viento.
La toalla de colores que llevabas siempre a la playa.
Un perfume que te regaló papá.
Un pullover que te tejió mamá.
Un osito de peluche horrible que te regalé yo, que guardabas sólo por eso. Porque era horrible, y eso te hacía reír, y porque te lo regalé yo, y eso no lo olvidabas.
La cama deshecha.
Y todas las palabras que me dijiste.
Y todas las miradas cómplices durante la cena.
Y las confidencias.
Y todas las veces que nos tiramos de los pelos. Literalmente.
Y las risas.
Y las carcajadas.
Y las salidas juntas.
Y las salidas encubiertas una a la otra.
Y todas las charlas en el baño.
Y los fuertes abrazos que nos dimos.
Y cómo me pintabas los ojos con tanto esmero.
Y la manera en que me peinabas con paciencia.
Y la forma en que me mirabas sonriendo.
Y tus ojos. El brillo de tus ojos.
La presencia de tu ausencia.
Presencias inútiles y ausencias tangibles.
Los rastros, en lo cotidiano.
En el mundo cotidiano de los que eran con vos.
Rastros como formas del que no está.
De vos que no estás.
Pero sí tus vacíos, tus lugares vacíos, tus objetos huérfanos.
Lo que vivimos juntas, el tiempo que compartimos.
Esa es la presencia que intento retener.
Porque es la que me queda.
La que intento apretar fuerte para que no se escurra.
Para que no se esfume.
Para que siempre me acuerde. De tu cara, de tu pelo, de tu olor.
Para que no se me olvide.
Y para que por favor la memoria no me traicione.
24 de marzo de 2011
Un cepillo de dientes, ahí en el vaso del baño.
Una taza. De esas que dicen "Acá sólo toma..." y se completa con tu nombre.
Un estuche de maquillajes.
Los maquillajes adentro del estuche.
Un pijama de rayas, de hombre.
Y todo el resto de tu ropa, de tu mujer, en el placard.
Tres collares con cuentas de madera.
Un par de aros de perlas grandes y blancas.
Dos pares de aros hechos con mostacillas. Hechos por alguna mano inexperta.
Pares de zapatos. Creo que son ocho.
Unos lentes de sol con marco rojo, bien grandes.
Tus libros. Todos. Menos tres.
Fotos.
Diapositivas de la playa, con tu cara sonriente y tu pelo al viento.
La toalla de colores que llevabas siempre a la playa.
Un perfume que te regaló papá.
Un pullover que te tejió mamá.
Un osito de peluche horrible que te regalé yo, que guardabas sólo por eso. Porque era horrible, y eso te hacía reír, y porque te lo regalé yo, y eso no lo olvidabas.
La cama deshecha.
Y todas las palabras que me dijiste.
Y todas las miradas cómplices durante la cena.
Y las confidencias.
Y todas las veces que nos tiramos de los pelos. Literalmente.
Y las risas.
Y las carcajadas.
Y las salidas juntas.
Y las salidas encubiertas una a la otra.
Y todas las charlas en el baño.
Y los fuertes abrazos que nos dimos.
Y cómo me pintabas los ojos con tanto esmero.
Y la manera en que me peinabas con paciencia.
Y la forma en que me mirabas sonriendo.
Y tus ojos. El brillo de tus ojos.
La presencia de tu ausencia.
Presencias inútiles y ausencias tangibles.
Los rastros, en lo cotidiano.
En el mundo cotidiano de los que eran con vos.
Rastros como formas del que no está.
De vos que no estás.
Pero sí tus vacíos, tus lugares vacíos, tus objetos huérfanos.
Lo que vivimos juntas, el tiempo que compartimos.
Esa es la presencia que intento retener.
Porque es la que me queda.
La que intento apretar fuerte para que no se escurra.
Para que no se esfume.
Para que siempre me acuerde. De tu cara, de tu pelo, de tu olor.
Para que no se me olvide.
Y para que por favor la memoria no me traicione.
24 de marzo de 2011
Señorita efe
Se detiene a pensar cada noche
Con la luz apagada y la cabeza en la almohada
Cuando decide que el día terminó
Pero su cabeza parece que no
Qué miedo siente
Que siente desconfianza
Que sin querer lastimó
Que la lastimaron tanto
Que no lo quiere volver a sentir
Que muchas veces se ilusionó
Que otras tantas le mintieron
Que algunas apostó de más
Que otras no le importó
Que a veces, muchas, lloró
Que muchas de esas, hasta el cuerpo le dolió
Que era muy niña para ser tan grande
Que era muy grande para no crecer
Que hay heridas que no se borran
Que hay recuerdos que siempre vuelven
Que hay temores que sólo se esconden
Que igualmente eso nos hace ser
Que intenta a pesar de todo
Que juega a pesar de todo
Que se juega el alma
Que va a seguir creyendo
Que de confiar se trata
Que de sumergirse quiere vivir
Que de volar quiere soñar
Hacer valer las posibilidades
Hasta el final
Hacer valer las oportunidades
Caminando va construyendo
Que si no es intensamente... para qué?
Eloísa I
"Eloísa vuelve a su casa. Camina muy lento. Siente en todo su cuerpo, los dolores diminutos de formas extrañas que nadan frenéticamente. Dolores con nombres y rostros que ya conoce. Esta tarde hay uno nuevo. Uno más que ha aparecido. Anoche supo de su presencia. “Será el último, ya no tienen más espacio para seguir nadando sin aplastarse entre ellos”
Sigue caminando, sonámbula de día. Sabe que falta poco para llegar, pero su cuerpo la lleva por una calle desconocida ahora. Sabe que falta poco, pero no tiene fuerzas para indicarle el camino. Pasan por la puerta de la que reconocen como su casa, su cuerpo y ella. Los dos. Pero no se detienen.
Eloísa entiende que esa será la última vez que vea esa puerta. Entonces mete deliberadamente las manos en los bolsillos de su tapado rojo. Ahi no hay nada más que sus propias manos, sus dedos frotandose entre sí...
Dentro de su cuerpo, los dolores diminutos nadan cada vez más fuerte, incansables. Y el nuevo dolor, el último, ya ha tomado la misma velocidad que los más viejos. Pero su cuerpo insiste en seguir caminando lentamente.
Unas lágrimas, dos, tres, cuatro, escapan de los ojos de Eloísa.
Sabe que ya nada puede hacer. Su cuerpo ha decidido esta vez."
12/07/08
Después
Se
preguntaba qué había más allá
de esa elipse
de esa nada
de ese tiempo en suspenso
Si tal vez no hubiera después
Si el tiempo entonces era mentira
Lo que soñaba sería posible
también fuera de su cerebro
afuera, no adentro
afuera
Salió a caminar
a ver si la noche fresca
le despejaba la elipse
Pero ya había pasado tanto tiempo
que ya era tarde
Después era la única palabra que recordaba
de esa elipse
de esa nada
de ese tiempo en suspenso
Si tal vez no hubiera después
Si el tiempo entonces era mentira
Lo que soñaba sería posible
también fuera de su cerebro
afuera, no adentro
afuera
Salió a caminar
a ver si la noche fresca
le despejaba la elipse
Pero ya había pasado tanto tiempo
que ya era tarde
Después era la única palabra que recordaba
28/05/08
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